Conocerse depende de muchas cosas, conseguir encajar a veces parece mágico. Hay variadas formas de comunicarse y algunas de ellas son más efectivas que otras al momento a saber cual es la realidad de esas coincidencias que nos informan que nos entendemos al punto de deducirnos y disfrutar de esa relación la mayoría del tiempo.
Si hace unos 20 años alguien nos hubiera dicho que una persona preferiría quedarse en su casa, teniendo contacto con otras personas sólo a través de lo que escribe, escucha o ve en un aparato, seguramente nos habría parecido muy extraño. Hoy en día nos parece normal (o quizás sólo menos extraño...). El “chat” es una costumbre generalizada para todos quienes frecuentamos ese limbo tecnológico que llamamos “ciberespacio”.
Viendo el lado positivo, es posible pensar al chat como una herramienta para conectar de forma barata (o lisa y llanamente gratuita) a personas que están en lugares diferentes del mundo. Para quien ha vivido en otro país, es la mejor forma de mantenerse comunicado con la familia y los amigos. También puede ser una herramienta de trabajo. De hecho, este blog sería imposible de escribir sin utilizar el chat, ya que los autores están separados por más de mil kilómetros.
Lo preocupante es, obviamente, el lado negativo de esta costumbre. Cuando hay posibilidad de hablar cara a cara con una persona, pero de todas maneras se prefiere utilizar un chat, estamos frente a un problema que se extiende cada vez más. La mayoría de las veces esto tiene que ver con un grado de timidez extrema y una incapacidad para relacionarse normalmente con otras personas. Tomando la posta de la última entrada publicada en este espacio, también es posible decir que es muy fácil simular ser otra persona, incluso con otras características físicas; sólo para agradar a quien nos lee en la otra punta del cable.
La tecnología se mete cada vez más en nuestras vidas, invadiendo espacios, negándonos privacidad. A veces es difícil ponerle un límite, decir: “este momento es mío”, apagar el celular, la computadora y sentarnos a leer o a tomar unos mates con un amigo. El estar siempre conectado se vuelve una adicción, que ya esta siendo estudiada desde hace tiempo por los psicólogos.
Ninguna herramienta es buena o mala per se. Se puede utilizar un martillo para construir una casa o para partirle la cabeza a un vecino molesto. Aprender a utilizar la tecnología sólo para cosas útiles es algo que quizás nos lleve mucho tiempo. Seguramente el problema es que nuestra evolución natural no nos permite seguirle el paso a la evolución tecnológica.
Si hace unos 20 años alguien nos hubiera dicho que una persona preferiría quedarse en su casa, teniendo contacto con otras personas sólo a través de lo que escribe, escucha o ve en un aparato, seguramente nos habría parecido muy extraño. Hoy en día nos parece normal (o quizás sólo menos extraño...). El “chat” es una costumbre generalizada para todos quienes frecuentamos ese limbo tecnológico que llamamos “ciberespacio”.
Viendo el lado positivo, es posible pensar al chat como una herramienta para conectar de forma barata (o lisa y llanamente gratuita) a personas que están en lugares diferentes del mundo. Para quien ha vivido en otro país, es la mejor forma de mantenerse comunicado con la familia y los amigos. También puede ser una herramienta de trabajo. De hecho, este blog sería imposible de escribir sin utilizar el chat, ya que los autores están separados por más de mil kilómetros.
Lo preocupante es, obviamente, el lado negativo de esta costumbre. Cuando hay posibilidad de hablar cara a cara con una persona, pero de todas maneras se prefiere utilizar un chat, estamos frente a un problema que se extiende cada vez más. La mayoría de las veces esto tiene que ver con un grado de timidez extrema y una incapacidad para relacionarse normalmente con otras personas. Tomando la posta de la última entrada publicada en este espacio, también es posible decir que es muy fácil simular ser otra persona, incluso con otras características físicas; sólo para agradar a quien nos lee en la otra punta del cable.
La tecnología se mete cada vez más en nuestras vidas, invadiendo espacios, negándonos privacidad. A veces es difícil ponerle un límite, decir: “este momento es mío”, apagar el celular, la computadora y sentarnos a leer o a tomar unos mates con un amigo. El estar siempre conectado se vuelve una adicción, que ya esta siendo estudiada desde hace tiempo por los psicólogos.
Ninguna herramienta es buena o mala per se. Se puede utilizar un martillo para construir una casa o para partirle la cabeza a un vecino molesto. Aprender a utilizar la tecnología sólo para cosas útiles es algo que quizás nos lleve mucho tiempo. Seguramente el problema es que nuestra evolución natural no nos permite seguirle el paso a la evolución tecnológica.

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